Cuando la escalada de violencia israeliana no tiene fin

Los dos sospechosos del secuestro y asesinato de tres jóvenes colonos israelíes, Amer Abu Aisha y Marwan Qawasmeh, fueron asesinados por soldados israelíes el 23 de septiembre, en el barrio de Hai el Sharma, cerca de la Universidad de Hebrón. Los dos estaban escondidos en una tienda en el segundo piso de un edificio cuando los soldados abrieron fuego. Al día siguiente de la muerte de los dos hombres, la tensión era palpable en la ciudad y provocó fuertes enfrentamientos entre jóvenes palestinos y el ejército. El funeral tuvo lugar unas horas más tarde y los cuerpos fueron acompañados por las calles de la ciudad por cientos de personas.

La desaparición de los tres colonos en los territorios palestinos ocupados, a principios de junio, había provocado una larga espiral de violencia por parte de las Fuerzas de Ocupación Israelíes. La última acción militar de las cuales, que conllevó el asesinato de los dos sospechosos a finales de septiembre, es todavía la cola que se arrastra de la tensión y la violencia que se desencadenó tras la desaparición de los tres jóvenes.

Durante la investigación, dentro de la operación “Brothers Keeper”, se desplegaron miles de soldados israelíes en toda Cisjordania, en particular en la zona de Hebrón, donde centraron las indagaciones. Y mientras la narrativa de los medios de comunicación se centró de forma miope en la barbarie inaceptable del secuestro, el gobierno israelí aprovechó la ocasión para actuar con impunidad a la sombra del incidente y golpear el corazón de la sociedad civil palestina . De hecho, en pocas semanas fueron detenidos varios representantes de asociaciones y partidos políticos, muchos de los cuales habían sido puestos en libertad gracias al acuerdo Shalit en 2011 Durante la operación, que acabó con el descubrimiento de los cuerpos de los tres jóvenes israelíes el 30 de junio, se hicieron más de 560 detenciones, seis personas murieron, más de 120 resultaron heridas y 1.200 casas fueron asaltadas durante las violentas incursiones nocturnas de los soldados. Además, la demolición parcial de las casas de las dos familias de los sospechosos fue entendida no sólo como una venganza contra los dos hombres, sino también contra sus familias. Del mismo modo, el bloqueo de la ciudad y la orden de cierre de una fábrica de productos lácteos (derribada el pasado 31 de agosto) vinculada a la Caridad Islámica y cuyos beneficios se utilizaban para financiar varios orfanatos en Hebrón, tenían como objetivo infligir un castigo colectivo y ejemplar a toda la sociedad palestina.

Durante el mismo período, la coyuntura desfavorable de los acontecimientos tensó aún más la cuerda en áreas donde el ambiente ya era tenso. Jerusalén era una de esas: después del descubrimiento de los cuerpos de los tres jóvenes, un grupo de israelíes, que querían tomarse la justicia por su cuenta, secuestró y asesinó Mohammed Abu Khdeir, un chico de 15 años que vivía en el campo de refugiados de Shuafat. El crimen provocó numerosas protestas y manifestaciones que en general terminaron en escenas de guerrilla urbana.

Posteriormente, el 8 de julio, tras movilizar 1.500 reservistas, el primer minisitro de Israel, Benjamin Netanyahu, puso en marcha la operación “Protective Edge” en Gaza contra todo el aparato de Hamás: por un lado, en las semanas previas, su brazo armado había lanzado varios cohetes Qassam contra territorio israelí y, por el otro, los dos sospechosos estaban afiliados al partido, al menos según la versión israelí. Desde el principio, la muerte de los tres jóvenes apareció como una excusa descarada para alcanzar un objetivo político mucho más sofisticado: romper el reciente acuerdo para crear un gobierno de unidad entre Hamás y Fatah, demonizando la acción política de Hamás y dibujando sus miembros como terroristas, culpables de haber desencadenado la violencia del mes anterior.

Los 51 días de guerra contra Gaza han causado más de 2.100 muertos y miles de heridos. Se estima que la reconstrucción podría tardar hasta dos décadas. E inmediatamente después del alto el fuego en Gaza, la situación ha sido explicada principalmente sólo desde la dimensión de crisis humanitaria dejando de lado el aspecto político de la cuestión: el bloqueo de Gaza impuesto por Israel que hace más de siete años que dura y que condena a la población a vivir en una prisión al aire libre.

Pero lejos de las aspiraciones de Israel, por un lado Hamás ha salido reforzado del conflicto y ahora goza de un apoyo general tanto en Gaza como en Cisjordania. Por otra parte, la Autoridad Palestina ha visto como su apoyo popular quedaba reducido debido a la débil postura mantenida durante el conflicto de Gaza y de la desconfianza generada entre la población por la estrecha cooperación con Israel durante la búsqueda de los tres jóvenes desaparecidos. Pero la mayor derrota se la ha llevado el gobierno israelí, especialmente en clave interna pero no sólo: muchos de sus aliados internacionales han criticado las decisiones tomadas.

Para recuperar el apoyo del electorado y sus principales socios políticos, Netanyahu ha decidido continuar su ofensiva contra las palestinas de una manera más silenciosa. El 31 de agosto se hacía pública la noticia de la expropiación de más de 400 hectáreas de tierras palestinas en la zona de Belén, una de las mayores incautaciones en los últimos decenios.

En este escenario más bien pesimista, la única esperanza es la movilización de la sociedad palestina que durante los últimos meses ha demostrado ser capaz de organizar manifestaciones con una alta paticipación y reactivar las campañas de boicot. Todo ello ha provocado que, muy a menudo, se sienta a hablar del inicio de una tercera intifada.

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